sábado, 16 de agosto de 2008

Se ve que es lo que necesitaba escribir



El Pocho. "Por un mundo donde quepan todos los mundos".
(Extraído de la carta a un amigo)
Lo que hago actualmente tiene que ver con un largo proceso que hicimos un grupo de compañeros durante los últimos años de la dictadura y desde el comienzo de la democracia en Argentina, bajo un concepto general donde planteábamos la unidad en la diferencia. El concepto de la diferencia ya no como un transito hacia la unidad sino otorgándole a la diferencia el valor de algo permanente e indispensable para la construcción de cualquier movimiento social sólido. A partir de esta definición nos planteamos como prioridad trabajar en la recuperación de la memoria histórica. Trabajamos duro para enjuiciar a los asesinos, en la reconstrucción de los intersticios de la represión en Rosario y, fundamentalmente, en ubicar donde estaban los represores que, fruto de las leyes de impunidad, habían quedado libres, donde trabajaban, donde vivían, que actividades tenían. Revisamos todas las causas y buscamos algún resquicio legal que nos permitiera sentarlos nuevamente en el banquillo de los acusados y la segunda etapa, con toda la información recabada, fue la de los escraches*. Ya que la legitimidad, la mayoría de las veces, está en contradicción con la legalidad, los denunciábamos en los barrios en que vivían y en los trabajos donde se desempeñaban para que fueran los propios ciudadanos que, al conocer los horrores que habían cometido, fueran los que lo repudiaran. Fue un trabajo arduo pero efectivo, pasaron muchas cosas, a veces conmovedoras y de las que, alguna vez, me gustaría dejar constancia. Luego sin descuidar este trabajo que nosotros definíamos como de inteligencia y que hacíamos un reducido grupo de compañeros, empezamos a redefinir cual sería nuestra tarea. Concluimos en que la mejor manera de recuperar la memoria y honrar a todos los nuestros que ya no estaban, era ligarnos lo más profundamente que pudiéramos a los movimientos sociales, a las luchas que iba dando la gente desde distintos ámbitos. Así fue como comenzamos a trabajar con los sectores que, producto del nuevo modelo económico (en democracia), quedan por fuera del sistema, la tan mentada exclusión social, donde no se es nadie, donde no existís. Comenzamos a trabajar con menores en alto riesgo social. En mi casa funcionaba una especie de hogar para los chicos que no tenían donde dormir y, de ahí en más, eso se fue ramificando en un trabajo enorme que aun hoy se mantiene. En casa, los domingos, con los chicos que vivían allí y con otros que se sumaban, comenzamos a hacer funcionar una pequeña escuela que se llamo “La Escuelita de la Historia Social del Trabajo“, pasaron cosas hermosísimas, de esas que hoy te acunan el alma. Por otro lado creamos la CTC (Coordinadora de Trabajo Carcelario) que se dedica al trabajo con lo que definimos como presos sociales, y El Ángel de Lata, que es tal vez nuestro emprendimiento más querido, una revista que venden los chicos y familias en situación de calle. Todo nuestro trabajo social estaba íntimamente ligado a un cura maravilloso llamado Edgardo Montaldo, quien con una generosidad increíble me abrió las puertas de su territorio y apoyo todas las iniciativas que le fuimos planteando. Fueron casi 20 años donde aprendí y modifique mi pobre cabeza vertiginosamente, deje de tener certezas, o más bien comencé a tener saludables dudas y a construir pequeñas certezas y sueños que con la fuerza de ser colectivos se ponían en marcha.
Pocho Leprati y yo nos transformamos en un tándem de trabajo bajo la venia de Edgardo y comenzamos a volar, a soñar, a hacer. Nos dimos cuenta de que el trabajo para los chicos era una necesidad vital, ya no solo por la supervivencia económica si no por un montón de aspectos tanto o mas importantes. Ese trabajo nos permitía trabajar la identidad, nos permitía hacerles tomar conciencia de ellos mismos, de su condición de sujetos y no de objetos, su manera de vincularse afectivamente, revincularlos con sus familias, con sus orígenes, con su entidad, comenzar a poder poner palabras a lo que antes solo podían ponerle el cuerpo. Ahí apareció Tomi (mi marido) y nos propuso hacer el Ángel de lata. Aun hoy, casi sin esfuerzo, cierro los ojos y mi mente se llena de imágenes y sentimientos del día en que Pocho les llevo a los chicos lo que era el boceto de lo que sería la revista. Los ojos de nuestros pibes deslumbrados por los maravillosos dibujos del Tomi. Se lo pasaban de mano en mano y en el papel blanco iban quedando huellas de tierra, de manos, de esperanzas, manitos pequeñas, manitos adolescentes, manitas de Ángeles de Lata.
Mas tarde, con la caída De La Rúa, regreso sin sigilo la oscuridad, los muertos, la represión. Todos los muertos son importantes y por todos hemos luchado y seguimos luchando, pero en una fatídica tarde de esos días asesinaron a Pocho, a nuestro Pocho. Fue terrible, yo lo sentí en mi cuerpo. Mataron a un ser maravilloso con una capacidad de entrega fuera de lo común y con una bondad y un don de gente de esos que no quedan. Entonces Tomi hizo un dibujo de Pocho en su bicicleta y se convirtió en símbolo, Pocho y su bicicleta están en toda la ciudad, hay veces que hasta nos parece verlo por aquí, por Barcelona, pedaleando en los barrios gitanos, en los barrios de los del tercer mundo enquistado en el primero, con su mochila llena de arroz, tomate, cebolla y lo que sea necesario para inventar un guisito calentito en el momento que se necesita. Eso sí, juraría que si Pocho volviera y viera esa especie de mito en que lo han convertido, insultaría a todo el mundo. Su muerte me arranco el brazo derecho, me deshizo el alma, fue como el colofón a mi tolerancia a tanto dolor. A pesar de todo nos pusimos de pie y creamos la Comisión Investigadora sobre la represión de diciembre, a la que se sumó mucha gente. Después la cosa comenzó a ponerse muy peligrosa para mi y para mi familia, decidí tomarme un respiro y desensillar hasta que aclare.
Actualmente aquí en Barcelona hago lo mismo que hacía allá, con las diferencias propias que imprime el hecho de que es otro país, otra idiosincrasia, y de que yo extraño como loca.
No se que me paso, pero a mí, que soy poco propensa ha escribir, me ha salido un capítulo de una extensión impresionante, perdonen si les resulta pesado. Se ve que es lo que necesitaba escribir.
Mariana
*Escrache: Nombre dado en el Río de la Plata, principalmente en Rosario, Buenos Aires y Montevideo, a un tipo de manifestación en la que un grupo de activistas se dirige al domicilio o lugar de trabajo de alguien a quien se quiere denunciar por diferentes motivos, de modo que se hagan conocidos a la opinión pública. En Chile estas acciones son conocidas como funa. Se realizan especialmente a ex torturadores de la dictadura de Augusto Pinochet. Tanto la forma de manifestación como el término han sido frecuentemente utilizados desde 1995 en adelante. El origen se dio en la agrupación de derechos humanos HIJOS, aplicada en la época en que los líderes del Proceso de Reorganización Nacional habían sido puestos en libertad por el indulto concedido por Carlos Menem. Se realizaba mediante una llamada de atención en la calle donde vivía el considerado genocida, y mediante cánticos, música, pintadas y representaciones teatrales, se avisaba a la población vecina que vivían con un criminal. La Academia Argentina de Letras recoge el mismo en su Diccionario del Habla de los Argentinos como una "denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos".

1 comentario:

Andrés dijo...

La puta madre, me mataste con la foto del Pocho en primer plano de tu blog... Para nosotros es un compañero tan querido, caído en la rebelión del 20 de diciembre. Te agradezco y me encató tu página, che.
Andrés